La mujer y la literatura

La exclusión de la mujer en los estudios literarios 

Sor Juana Inés de la Cruz

En el primer curso de Filología Hispánica, la mayoría de las asignaturas, como en cualquier otra carrera, son introductorias. En literatura, tres son las más significativas: literatura medieval, donde los alumnos estudian El Cid, a Berceo, a Don Juan Manuel, a Rojas…, teatro áuero donde leen desde a Lope de Rueda hasta a Calderón, y literatura de los Siglos de Oro centrada en poesía y prosa. Esta última, una de las más importantes, ha causado polémica durante algunos cursos porque entre el repertorio de los grandes escritores como Quevedo, Góngora, Cervantes, San Juan de la Cruz y Fray Luis de León hubo una mujer que destacó notablemente por una obra poética a la que no se le presta la atención suficiente. Era una rara avis, una excepción a toda regla porque consiguió darse a conocer en el panorama literario español en vida, y, no por solo eso, sino también, porque su talento fue reconocido por algunos de sus contemporáneos. Se trataba de Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer renancentista en el sentido más extenso de la palabra, pues se dedicó no solo a la poesía sino también a la astronomía, la música, la teología, la filosofía… Una mujer valiente que en su famosa Respuesta autobiográfica su obra en prosa más importante, dirigida no a Sor Filotea de la Cruz sino al obispo de Puebla, se atrevió a declarar su libertad de espíritu reivindicando los derechos intelectuales de la mujer. Pues, bien curioso resulta que, a pesar de que afortunadamente el estudio de su obra forma parte del temario oficial del curso, ha habido ocasiones en que, según el profesor dedicado a impartir la asignatura, Sor Juana se ha quedado fuera del temario para poder dedicarle más tiempo a poetas de segunda línea como Rodrigo Caro o Pedro Espinosa. Decisión gravísima, si tenemos en cuenta que muchos estudiosos la han considerado como una de las primeras mujeres feministas en la literatura.

La Regenta

La dificultad de tomar una perspectiva de género en la educación universitaria se debe, en parte, a la libertad de cátedra. Si un profesor decide obviar la importancia de una figura como la de Sor Juana, por ejemplo, sus alumnos pueden llegar a acabar la carrera sin haber leído ni un poema suyo. Además, en carreras de humanidades como las Filologías, la cuestión es más compleja de lo que parece. El motivo se centra en que, a veces, se tiende a estudiar muy en profundidad a los personajes femeninos de las novelas, pero no a las creadoras femeninas. Así, los temarios se centran en temas necesarios como “la mujer insatisfecha en la literatura”, “la enfermedad bovárica en los personajes femeninos”, “el ángel del hogar y la mujer pasional”, “la heroína de romántica”… y se habla de Flaubert, de Hugo, de Stendhal, de Tólstoi, de Clarín, de Galdós, de Bécquer, de… pero poco, o casi nada, por seguir en el ejemplo del XIX, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado o Rosalía de Castro  (Pardo Bazán tuvo más suerte). Sí, se habla poco de estas mujeres que se atrevieron a mostrar su inclinación a la cultura, aunque eso significara que fueran tildadas de peligrosas, monstruosas o desviadas. Madame Bovary, Ana Ozores, Isidora Rufete y Doña Perfecta se consideran más sugestivas que ellas. Desde un punto de vista literario, la creación de estos personajes clave en la historia de la literatura universal es mucho más importante e interesante que alguna de las obras de las mujeres que hemos citado, pero esa no es razón para no dedicarles el espacio que se merecen. La mujer como ficción tumba a la mujer escritora en las aulas.

Carmen Laforet

 Sin embargo, la exclusión de la mujer escritora en los estudios académicos de literatura, por seguir con esta sucinta ejemplificación, no mejora entrados en el XX. Aunque Virginia Woolf se alce con un buen galardón, el panorama es desolador. En España, pocos dirían que existieron mujeres en la Generación del 27, porque ni Ernestina de Champourcín, ni Rosa Chacel ni María Teresa León, ni tantas otras, se mencionan, y, si se hace, es bajo la etiqueta “compañera de tal escritor”. Carmen Laforet también tuvo suerte, por el Nadal que obtuvo a los 22 años con aquella obra genial, de Mercé Rodoreda poco se habla, siendo tan estudiada en EE.UU., y Gloria Fuertes no aparece en el grupo de voces poéticas de la posguerra. De Almudena Grandes sus primeras obras, y la atención a Ana María Matute, tras recibir el Premio Cervantes, ascenderá meritoriamente. Pero hay muchas, muchas más que necesitan cabida en los estudios literarios, y otras creadoras actuales a las que se les deberá hacer, en breve, un hueco en la historia de la literatura contemporánea. El problema es que, si la perspectiva de género no se aplica desde abajo, desde los primeros cursos, es más difícil que se avance adecuadamente en investigación sobre la obra de las escritoras olvidadas. Por esta razón, es más difícil que después encuentren un espacio en las guías docentes, pero también porque el reconocimiento social que han recibido y siguen recibiendo es mucho menor que el de los hombres escritores.  Y es que, incluso la situación de las más conocidas es  pantanosa, ¿o no sorprendió, siquiera un poco, que el Cervantes se lo otorgaran a una mujer?

 

En la entrevista a Carmen Amoraga, ganadora del Premio de la Federación de Dones Progressistes y  una de las escritoras destacadas del panorama literario español, se ejemplifica cómo la desigualdad se empieza a superar.

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