Política

Las mujeres y la política: la alergia al poder

Plantearse si hay diferencias entre la situación de una mujer que ejerce un cargo político y la de un hombre es una obviedad. En pleno siglo XXI, respecto a política, no se ha recorrido todavía ni la mitad del camino en cuestión de igualdad. Metafóricamente, las mujeres políticas, no están metidas en política, sino que pasan por la política, es decir, se consideran fungibles y renovables. Las mujeres fluyen, los hombres permanecen, diría un Heráclito misógino. Sin embargo, puesto que las mujeres que sufren desigualdad están expuestas a una vida pública de representación y frenesí permanentes, la opinión pública no suele prestar atención a los posibles casos de discriminación, ya sea interna, fundada por los propios políticos de su partido o de la oposición se da en ambos casos, o externa, alimentada por los medios de comunicación y, por ende, por la sociedad. La discriminación de la mujer política está tan viciada que no se percibe como discriminación. Y este hecho, por extensión, comporta una serie de consecuencias que afectan directamente a todas las mujeres de una sociedad, no solo por la representación que pueda tener una política y el reflejo que esta hace en la sociedad, sino, sobre todo, porque, si una mujer no alcanza altos cargos políticos, jamás se podrá hacer un tipo de política que cubra las carencias en cuestión de derechos  que sufre la mujer hoy día.

Estas y otras cuestiones al respecto se plantearon el pasado 24 de marzo en la presentación del libro Las mujeres parlamentarias en la primera legislatura constituyente, coordinado por Julia Sevilla, primera profesora honoraria de la Universitat de València y letrada de Las Cortes Valencianas (link a Julia Sevilla). Entre las invitadas, la senadora socialista y presidenta de la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer y de Igualdad de Oportunidades, Carmen Alborch, afirmó que la causa de tal discriminación se debe a la difícil relación de las mujeres con el poder, puesto que el poder es “eje de la masculinidad”. Este hecho, interpretado equívocamente por el grueso de la sociedad misógina no se traduce a la falta de capacidad o preparación de la mujer para acceder a los cargos más altos, puesto que ya hubo, como expone Julia Sevilla y su equipo de investigadoras en el libro, un grupo de mujeres valientes, capaces y meritorias, que ejercieron su labor satisfactoriamente durante la primera legislatura democrática en nuestro país. No obstante, después de dejar el cargo de parlamentarias, su visibilidad en política se nubló. “No se ha hecho justicia con su importante labor política”, explicó Sevilla, y añadió: “cuando contactamos con ellas para nuestra investigación muchas se sorprendieron de que alguien se acordara todavía de su labor en el Parlamento”. Y por el contrario, un buen porcentaje de hombres que trabajaron simultáneamente a ellas, todavía siguen figurando como políticos.

Desde una postura personal y nostálgica, Carmen Alborch reivindicó la actitud “activa y esperanzada” de la primera generación de políticas y subrayó que la recuperación de la igualdad debe hacerse “explotando valores individuales y diferenciadores”.

Carmen Calvo, senadora y presidenta de la Comisión de Igualdad en el Congreso, indicó que, en política, no se concibe a la “mujer en singular”, es decir, que, haciendo una lectura detallada de la postura exclusiva de muchos políticos con respecto a la mujer, se evidencia la poca valoración intelectual de la mujer política porque “da igual una que otra”. Esta reducción de la mujer a objeto, objeto molesto, en ciertos casos, se demuestra en el tratamiento, bajo una mirada patriarcal, que se hace de las políticas más relevantes, no solo por sus compañeros y oposición (recordemos los múltiples altercados que ha sufrido Mónica Oltra, sino, sobre todo, por el tratamiento poco mesurado que hacen algunos medios. Así, recordamos reiteradas críticas a la vestimenta de la exvicepresidenta Fernández de la Vega en boca de Zaplana, entre otros, el revuelo que causó el reportaje fotográfico sobre las primeras ministras del gobierno de Rodríguez Zapatero en El País Semanal, o la diferente apelación de las mujeres políticas, identificadas por su nombre de pila, y de los hombres, por su apellido. En este sentido, en noticias y titulares, frente a Soraya , María Teresa, Rita y Cristina o Segolène, tenemos Zapatero, Rajoy, Camps, Rubalcaba y Sarkozy. ¿Cómo afecta esto a las mujeres políticas? Puesto que no son valoradas desde un punto de vista intelectual el esfuerzo por demostrar su valía y su preparación es más arduo. Ellas suben las escaleras desde un escalón inferior: el de los prejuicios.

Según Carmen Calvo, no obstante, desde ámbitos intelectuales externos a la política, como la universidad, a pesar de las abismales diferencias la reivindicación de los méritos de la mujer es más profunda y, por ello, las metas alcanzadas de lucha contra la discriminación son significativas.

La necesidad por cambiar el paradigma político debe ir ligada, como explicó Carmen Calvo, a la lucha por la igualdad en que “el esfuerzo por que las nuevas generaciones recuerden a las primeras como un ejemplo es trascedental”. En este sentido, conseguir que un buen número de mujeres políticas accedan al poder dará lugar a una manera de hacer política “desde abajo” que no se base en elucubraciones abstractas, sino que asuntos reales de la vida íntima se lleven a debate, “como la racionalización de usos de horarios, ya que una mujer después de trabajar fuera trabaja en su casa, o cuestiones referidas a la maternidad”, expuso Calvo.

La discriminación de la mujer política, hace de la política una caverna de hombres que perforan, día tras día, el estigma que las mujeres han cargado siempre. Un error es considerar que, porque haya cinco figuras femeninas importantes en el panorama político, ya hay mucho avanzado. El error se acrecienta si, además, es percibido por las jóvenes generaciones de mujeres, donde, justamente, más debe calar el feminismo. La cuestión se basa en adoptar una postura crítica y activa, las mujeres han de ser conscientes de la grave situación y exigir la igualdad, porque, según Alborch, “el feminismo no ha comenzado todavía”.

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