Comunicación

Hay un aura particular que cubre a las mujeres triunfadoras del espacio público. Tienen un iman para los medios de comunicación, para ser noticia en revistas, periódicos, telediarios… de cualquier rincón del mundo. En los Oscars, Cannes, BAFTA,  César, Goya, León de oro, Globo de oro y tantos otros ¿quién no está esperando fervientemente el premio a “mejor actriz”, más, quizá, que el masculino? Ese aura viene determinada, ya no solo por su profesionalidad, sino por una serie de factores engarzados en la imagen de las féminas, que atraen irremediablemente a las cámaras. Ella son actrices, pero, a la vez, cabeza publicitaria de diseñadores de moda, joyas, de perfumes, maquillaje…, la cúspide del estilo, el alimento del star system. Esta relación casi inherente entre profesionalidad e imagen, se ha extendido hasta profesiones que se desempeñan delante de las cámaras donde la importancia de la imagen, en términos de moda y estilo, empieza a estar por encima de las labores prinicipales de la profesión. Pensemos, por ejemplo, en los medios de comunicación donde la presentadora de los telediarios se viste a la última moda, o, en el caso extremo, cuando en sus ratos libres ejerce de modelo publicitaria. El nuevo formato de Antena 3 es una buena muestra de ello. El telediario comienza con los presentadores de pie que se pasean por el plató mientras dan las noticias. A veces, es muy difícil no dejar de mirar los zapatos de diseño de las presentadoras, en vez de prestar atención a  lo que  están diciendo.

El hilo que separa el hecho de valorar el ejercicio profesional de la mujer de su imagen es, desgraciadamente, muy fino en ciertas ocasiones. El problema viene de los valores que rigen una sociedad como la nuestra en que la mujer es redundantemente mostrada como un objeto de deseo. Si no, o no se muestra ante las cámaras o le será más difícil aparecer en la vida pública. La obligación de “estar estupenda” es una moda enfermiza porque afecta a miles de mujeres que toman a las mediáticas como ejemplo. La cuestión no se atenuará hasta que  las mismas profesionales dejen de caer  en ese círculo vicioso aceptando las reglas del juego.  Pero, al contrario, la gravedad del problema se acentúa  porque en el momento en que se juega a este juego se está dejando de jugar al de la igualdad:  las mujeres que permiten que se les considere imagen por encima de su trabajo están bajando un escalafón respecto a sus compañeros masculinos, pues hay ímplicitamente un trato sexista en el que ellas dejan de ser sujetos intelectuales a ser objetos sexuales. La esperanza está en que muchas otras profesionales sí han decidido tomar las riendas de su carrera  sin necesidad de estar atrapadas en un cuerpo para alcanzar el éxito profesional.

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